Porque hay momentos en la vida que no se cierran nunca, que permanecen como apostados en su rutina, en el lamento de su pequeñez, mínimo destello de silencio creado bajo sus dominios. Porque en el inicio de un año siempre nos encontramos con el aviso inocente de los días y se nos muestran en su creciente sacudida de incógnitas que ni sospechamos.
Pedimos a la llegada de cada ciclo lo que intuimos que nos fuede ser necesario: la fecundidad de los días en torno a nuestros actos más libres. El desarrollo de nuestros pasos en caminos cerrados por el impedimento del dolor. Abrir las manos y que salgan palomas. Cerrar los ojos y que podamos soñar sin que nada se destruya. Encender la luz del entendimiento para poder comprender la estúpida insolencia de tantos momentos que seguro llegarán desde cualquier rincón del mundo. Poder soportar el tránsito hacia la insuficiencia de lo que se devalúa con solo mirarlo. Dejar de escuchar la música repetida de quienes solo viven para destruir.
En enero la luz es tímida: acógenos en el tembloroso pálpito de la celebración de lo más bello.