25 de enero de 2026

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De Crónicas

PUEBLOS MÁGICOS DE LA RIBERA DEL ADAJA EN EL ENTORNO DE ÁVILA (6). Santos y obispos

PUEBLOS MÁGICOS DE LA RIBERA DEL ADAJA EN EL ENTORNO DE ÁVILA (6). Santos y obispos
PUEBLOS MÁGICOS DE LA RIBERA DEL ADAJA EN EL ENTORNO DE ÁVILA (6). Santos y obispos
Jesús Mª Sanchidrián Gallego
  • 30 de Noviembre de 2025

I. SANTOS.

Ávila es conocida como tierra de santos y de cantos por su identidad con Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, y con el paisaje pétreo y granítico que caracteriza su entorno. La santidad surge entre las gentes de nuestros pueblos como un sentimiento de bondad propio de su religiosidad.

Por ello, el hecho de que fruto de la piadosidad de sus costumbres aparezcan hombres y mujeres dignos de formar parte del santoral de la iglesia católica, honra y enorgullece la vida de estos pueblos más allá de la religión. Otros hombres buenos fallecidos trágicamente, sin importar su ideología o confesión religiosa, también merecen ser ejemplos de santidad.

El recorrido por los pueblos de la ribera del Adaja está impregnado de los recuerdos que dejaron Santa Paula Barbada, Santa Teresa de Jesús, la venerable María Vela y el beato Juan María de la Cruz, entre otros. Su presencia está en iglesias y ermitas, en calles y edificios, y en multitud de actos festivos, sin olvidar los recuerdos familiares de otros «santos anónimos» que fueron mártires por sus ideas.

En Cardeñosa abundan los recuerdos de sus santos Santa Paula, María Vela e Isabel de Santo Domingo; en Peñalba se festeja el «Santo Cristo de Santa Teresa»; en Gotarrendura se conserva el palomar de Santa Teresa, en San Esteban de los Patos está la casa donde nació el beato Juan María de la Cruz, en Mingorría nació el rentero del palomar de la Santa y está la herencia familiar del cura Salustiano Domínguez, y en Velayos ejerció el de párroco Máximo Moro Briz. Hombres y mujeres que tuvieron especial arraigo en estos pueblos, donde gozaron de entrañables lazos de paisanaje.

SANTA PAULA BARBADA.

Santa Paula Barbada es la Santa de Cardeñosa. Sobre el milagro de su santidad y la leyenda creada sobre tal acontecimiento han escrito todos los historiadores y cronistas abulenses, siendo los primeros don Gonzalo Ayora en 1519 y don Antonio Cianca en 1595. Santa Paula se venera en la ermita abulense de San Segundo y en un retablo antiguo de 1530 puede leerse la siguiente inscripción:

«Que en el año de 1060, siendo perseguida de un caballero que la solicitaba con fin deshonesto, entró en la ermita de San Lorenzo y pidió a Dios, al pie de la santa Cruz, le diese alguna fealdad en su rostro para no ser conocida, y fue cubierta de barbas; y vista por el caballero no la conoció: quien preguntándola si había visto una mujer de estas señas, respondió: No he visto tal mujer».

En honor de Santa Paula Barbada el pueblo de Cardeñosa celebra cada año sus fiestas, y en fechas veraniegas se organiza una romería desde el pueblo hasta la ermita de San Segundo en Ávila. Para saber más puede consultarse la obra de María Ángeles Valencia (Simbología femenina y producción de contextos cultural. El caso de la Santa Barbada, IGDA, 2004).

SANTA TERESA DE JESÚS.

Santa Teresa de Jesús (1515-1582) es la Santa de Gotarrendura, dicen allí los lugareños, al igual que la ciudad de Ávila presume con orgullo de su paisana. Son numerosos los acontecimientos que hacen que este pueblo sea uno de los lugares más singulares de las distintas rutas teresianas, y también del camino de la lengua castellana gracias a la pluma de la propia Teresa de Jesús.

Los padres de Santa Teresa se casaron en Gotarrendura el 14 de mayo de 1509, y en este pueblo murió su madre doña Beatriz el 29 de noviembre de 1528, cuando la Santa tenía 13 años. Gotarrendura, Berlanas, Peñalba y Cardeñosa sintieron profundamente la muerte de doña Beatriz, llorando el paso del cortejo fúnebre que se dirigía hasta Ávila.

Gotarrendura en el siglo XVI, según escribió el padre Gabriel de Jesús (Vida Gráfica de Santa Teresa, ed. Voluntad, 1933), "era un pueblo minúsculo, pues las casas se podían contar con los dedos de la mano, pero era un pueblo hidalgo y pintoresco de la provincia de Ávila, enclavado en la fértil meseta de la Moraña, compuesto todo él de labradores y pastores que se consideraban dichosos de tener junto a sus casas las tierras –más de dos mil obradas– que fueron propiedad de don Alonso de Cepeda y doña Beatriz de Ahumada, más los majuelos o prados y el famoso palomar".

"Gotarrendura comenzó por ser reunión de un número reducido de caseríos, según las dehesas colindantes, cada una de ellas de su señor y dueño. Así, vemos que tenían allí fincas los del Peso, los Ahumada y otros, retirándose a estas dehesas en ciertas épocas del año, sobre todo en otoño y primavera, donde para oír misa no les solía faltar a ninguna de las familias su correspondiente capilla, que tampoco faltaba en Gotarrendura, perteneciente a la parroquia de Las Berlanas, pueblo inmediato. La iglesia actual es posterior, pues está edificada con las mismas piedras de la casa palacio de don Alonso y doña Beatriz, al ser abandonada y destruida".

El padre Efrén de la Madre de Dios escribió en 1951 que

«el lugar feliz del nacimiento de La Santa hubo de ser, según parece, la riente aldea de Gotarrendura, donde sus padres solían invernar» (Tiempo y vida de santa Teresa, ed. Biblioteca de autores cristianos, 1977). Esta teoría no gustó nada al Ayuntamiento de Ávila, por lo que solicitó el correspondiente informe a la Real Academia de la Historia, la cual se emitió concluyendo que «según la tradición histórica documentada, Santa Teresa de Jesús nació en la ciudad de Ávila», tal y como también defendió el Cronista Oficial de Ávila, Eduardo Ruiz-Ayúcar.

Teresa de Cepeda y Ahumada heredó de sus padres un palomar en Gotarrendura, por expreso deseo de su madre doña Beatriz que sabía el cariño que le tenía. Los primeros textos autógrafos que se conservan de Santa Teresa, divulgados por su propietario el marqués de San Juan de Piedras Albas, son precisamente los que dirigió a González de Venegrilla, rentero y administrador del palomar, diciéndole en una primera carta: «Tenga la mercé de cebar y cuidar bien el palomar en estos meses de frío, ahora que está bien poblado. Fecha a 10 de enero de 1541».

En una segunda carta dice: «Hacedme mercé de enviar doce palominos la víspera de Santiago, que yo me holgaré mucho de ello. Fecha a 10 de julio de 1546».

Este palomar y sus palomas marcaron el alma de Teresa de Jesús hasta llamar «palomarcitos» a todos sus conventos y «palomas» a sus monjas, tal y como escribió: «Pues, comenzando a poblarse estos palomarcitos de la Virgen Nuestra Señora, comenzó la Divina Majestad a mostrar sus grandezas...» (Libro de las Fundaciones. Ed. San Juan de la Cruz, 1588).

El palomar de la Santa se ha convertido actualmente en un lugar de peregrinación promocionado por la Asociación «Amigos del Palomar de Gotarrendura». A través de unas puertas carreteras se accede al interior de la finca murada sita en el casco urbano, donde se conserva el histórico palomar. En el recinto hay también dependencias de lo que fue una granja avícola y un jardincito.

El jardín está presidido por una estatua con pedestal de lápidas de mármol blanco y ocupa el solar de lo que fue antigua casa-palacio de los padres de Santa Teresa. El palomar es un edificio exento de planta baja y mediana altura, construido con adobe revocado con mortero y mampostería en las esquinas, el tejado vierte a dos aguas y su estado de conservación es excelente después de las últimas obras de consolidación. Dentro del palomar ha sido instalada una bella iluminación que realza la techumbre de madera y las hornacinas de barro donde anidaban las palomas.

La presencia de Santa Teresa se siente en Gotarrendura. Un centro de educación especial existente en la localidad fue construido bajo la advocación de la Santa, y en honor a ella una escultura preside la plaza del pueblo, frente al Ayuntamiento, lo mismo que una paloma esculpida en piedra sobre pedestal situada a la entrada de la localidad es todo un símbolo de santidad. También la asociación que promociona actividades culturales en el municipio lleva el nombre de Santa Teresa.

Alonso Venegrilla fue la persona de confianza de la Santa, de quien ella se valió para el manejo de su hacienda. Confió le, según se deduce de los autógrafos reseñados, el cuidado del palomar y algún que otro encargo. Alonso González de Venegrilla (1509-1599) había nacido en Mingorría en 1509, hijo de Alonso de la Peña González y de doña Blanca Benegorría Venegrilla. Fue bautizado en la iglesia parroquial de San Pedro del lugar de su nacimiento, el 6 de marzo del mismo año, actuando como padrinos don Blasco Dávila e Inés Ortiz. Se casó en Gotarrendura con Catalina Ximénez, allí vivió trabajando en el noble solar de sus abuelos formando una hacienda cuantiosa. La muerte le llegó en 1599, después de hacer testamento instituyendo fundaciones piadosas (Cuatro autógrafos inéditos de Santa Teresa de Jesús, Bernardino de Melgar, 1915).

Doña Urraca Briceño, familiar de doña María Briceño, maestra de Teresa de Jesús en el convento de Agustinas de Ávila, fundó en Cardeñosa una capellanía sobre sus tierras de labranza. En la antigua iglesia de Las Berlanas, de cuya parroquia dependió Gotarrendura, se conserva una inscripción que recuerda la participación del pueblo en los actos conmemorativos del tercer centenario de la Santa, celebrados en Ávila en 1882.

La Santa también se honra en Peñalba de Ávila, en la ermita del Santo Cristo de Santa Teresa. De ella se conserva una bella imagen arrodillada a los pies de Cristo, que se saca en procesión en la fiesta patronal de septiembre.

ISABEL DE SANTO DOMINGO.

Otra figura destacable de la congregación religiosa donde profesó la Santa fue la madre Isabel de Santo Domingo (1537-1623), una carmelita natural de Cardeñosa que compartió vida monástica con Teresa de Jesús, quien dijo de ella que «no era inferior en santidad a Santa Catalina de Siena».

Según su biógrafo Miguel Baustista de Lanuza (Imprenta del reino, 1638), era hija de los hidalgos Juan de Ortega de Montalvo y Tapia y María de Vargas. Su abuelo paterno se llamaba Rodrigo Sedeño de Montalvo, quien en agradecimiento por el nacimiento de su hijo Juan, cambió el apellido de este a Ortega para honrar a San Juan de Ortega a quién encomendó el nacimiento. Rodrigo Sedeño, el abuelo, había participado en las Guerras de África junto a su pariente, el abulense ingeniero militar Diego de Vera (-1523.

Por parte materna, su abuelo Rodrigo de Montalvo era hijo de Diego de Montalvo, quien había sido maestresala de Isabel la Católica. Por mediación del fraile franciscano Pedro de Alcántara, después de una confesión en la capilla de Mosén Rubí descubrió que su vocación estaba destinada a la nueva reforma de la orden del Carmen que había emprendido Teresa de Ahumada en 1562.

Ingresó entonces en el convento de San José. Años después ejerció como priora de los conventos carmelitas de Toledo (1569), Pastrana (1569), Segovia (1574), Zaragoza (1588), Ocaña (1594) y, por último, del convento de San José de Ávila en 1604, donde falleció en 1623.
MARIA VELA.

También en Cardeñosa nacieron la venerable monja cisterciense María Vela y Cueto (1561-1617), llamada «La Mujer Fuerte», y su hermano el venerable padre fray Lorenzo de Cueto, de la orden de San Bernardo.

El título de «venerable» procede únicamente de la fama de santidad con que vivieron, fama que en aquellos tiempos se expresaba sencillamente con tal título, así que no es extraño el dicho: «Cardeñosa con sus piedras o cantos enseñaba y enseña a ser santos».

Según la autobiografía de la venerable (Ed. de Olegario González Hernández, 1961), María Vela nació en la casa que tenían sus padres, don Diego Álvarez de Cueto y doña Ana de Aguirre Vela, en Cardeñosa, quienes, aunque residían habitualmente en la ciudad de Ávila, pasaban largas temporadas en el pueblo donde radicaba su principal mayorazgo.

La familia estaba emparentada con don Blasco Núñez Vela, Virrey del Perú, y la Casa de Tabladillo. Con 15 años, doña María ingresó en el Real Monasterio de Bernardas de Santa Ana, de la ciudad de Ávila, donde vivió hasta su muerte. Este tiempo coincidió con el momento de mayor esplendor del convento, propiciado por importantes patronos y una rica vida espiritual.

Para conmemorar el centenario de la muerte de doña María Vela, e incentivar el proceso de beatificación iniciado en 1623, el párroco de Cardeñosa, don Francisco Esteban Martín, publicó en 1917 un libro dedicado a la Venerable con el fin de que los feligreses pudieran conocer a su paisana.

La celebración del centenario tuvo lugar en la capital abulense, con participación de un importante número de personalidades eclesiásticas y civiles, así como de los vecinos e hijos de Cardeñosa, Mingorría, Peñalba, Zorita y otros pueblos.

JUAN MARIA DE LA CRUZ.

El padre Juan María de la Cruz (1891-1936) fue beatificado el 11 de marzo de 2001 por el Papa Juan Pablo II. El nuevo beato responde al nombre que tomó el sacerdote Mariano García Méndez, tras ingresar en la Orden de Sacerdotes del Sagrado Corazón de Jesús, también conocidos como Padres Reparadores.

El padre Juan María de la Cruz nació en San Esteban de los Patos, hijo de Mariano García Hernández y Emeteria Méndez Grande, siendo el primero de 15 hermanos. La familia de Mariano cuidaba la iglesia y su padre, por la tarde, al volver de las tareas del campo dirigía novenas y rosarios porque no tenían sacerdote, lo cual influyó en la vocación del niño.

A los 10 años entró en el Seminario de Ávila y el 18 de marzo de 1916 fue ordenado sacer- dote, celebrando su primera misa en su pueblo natal. Ejerció como párroco hasta 1925 en Henansancho, Villanueva de Gómez, San Juan de la Encinilla, Santo Tomé de Zabarcos y Sotillo de las Palomas.

Después ingresó en la congregación de Padres Reparadores, siendo destinado al colegio de Novelda (Alicante), y al curso siguiente al Seminario de Puente la Reina (Navarra), donde permaneció 10 años. En 1936 murió trágicamente en Valencia cuando estalló la guerra civil (Un santo al azar, Evaristo Martínez de Alegría, 2021).

Otro sacerdote que está en proceso de beatificación es José Máximo Moro Briz (1882-1936). Ingresó en el seminario de Ávila el 2 de octubre de 1896, ordenándose sacerdote el 24 de septiembre de 1910.

Fue regente de las parroquias de Velayos (1919), Tormellas (1920), Navalonguilla (1922), Barco de Ávila (1924) y Cebreros a partir de 1926. Murió de un disparo en la carretera de Cebreros al Tiemblo el 24 de julio de 1936 durante la Guerra Civil. Igualmente, cabe citar a Salustiano Domínguez Sastre (1880-1936), natural de Mingorría, quien falleció siendo párroco de Alcañiz (Toledo), perteneciente a la diócesis de Ávila.

Otros muchos mártires civiles anónimos, que igualmente murieron por sus ideas, sin importar su ideología, confesión religiosa o bandos contendientes, también merecen un lugar en estas líneas, para ellos valga este reconocimiento.

II. OBISPOS.

Los pueblos de la ribera del Adaja, como los de la mayoría de la provincia, han mantenido a lo largo de su historia una especial dependencia económica y espiritual de la catedral abulense y de su obispo. Por ello las periódicas visitas de los prelados a los lugares y aldeas de la diócesis tenían un carácter evangelizador y también material, al comprobarse en ellas el estado de las cuentas y rentas de sus cuantiosos bienes, como bien ha estudiado Tomás Sobrino Chomón en Episcopado Abulense en los siglos XVI-XIX (IGDA, 1983).

Hasta la desamortización eclesiástica del siglo XIX, pertenecieron al Cabildo y la Iglesia Catedral de Ávila numerosas viñas y tierras, molinos, casas, paneras, pajares y otros bienes que aún se conservan. Las iglesias y ermitas todavía son testigos de aquellas visitas pastorales que realzaban la monotonía diaria de los campesinos. Anécdotas como la referida al famoso pan de Mingorría o el contencioso que plantearon los mineros de San Esteban de los Patos.

El Obispo Lorenzo Otaduy Avedaño significó a Cardeñosa apoderando en 1601 a Miguel del Carpio, clérigo presbítero, beneficiado de la parroquial iglesia de San Vicente de la ciudad de Ávila y natural de dicho lugar. Con este poder, el cura de Cardeñosa presentó al Papa la relación o informe de la diócesis.

En 1613 el Obispo abulense Juan Álvarez de Caldas tramitó la concesión de los beneficios de una bula del Papa Paulo V a la cofradía de Mingorría que devocionaba a la Virgen del Rosario, según el pergamino que se conserva en la iglesia parroquial.

La relación o informe que en 1655 remite el Obispo Bernardo de Ataide a Roma destaca Cardeñosa como una de las más insignes y nobles villas del señorío de la diócesis de Ávila, junto con Arévalo, Madrigal, Fontiveros, Barco, Piedrahíta, Mombeltrán, Arenas y Las Navas. En su informe, el Obispo Francisco de Rojas Borja añade en 1664: «Cardeñosa, de donde fue natural santa Barbada, y la madre Ysabel de Santo Domingo, compañera de Santa Teresa, tiene cuatro clérigos y quatrocientos vecinos».

Al poco tiempo de llegar a Ávila, el 20 de agosto de 1700, el Obispo don Gregorio de Solorzano tomó el camino de Velayos y otros lugares de Arévalo para llevar a cabo las confirmaciones. El Obispo Narciso de Queralt visitó el lugar de Zorita de los Molinos el 4 de mayo de 1740, tal y como se reseña en el Libro de Fábrica de la parroquia y recoge José Luis Sastre en la revista «Olalla».

En estos años Zorita tiene medio centenar de habitantes y cura propio, mientras que el escribano es de Cardeñosa, el herrador de Peñalba y el tabernero de Mingorría, siendo de fuera también el cirujano; tiene once casas diversas, una de juntas del concejo y cárcel, una taberna, una fragua, una cilla, dos lagares, dos bodegas, una panera del curato, ocho pajares y media docena de molinos en el Adaja. Las tierras son labradas por los lugareños y otros de Peñalba, Cardeñosa y Mingorría.

Con motivo de la visita pastoral el Obispo comprueba la observancia de los decretos episcopales, las cuentas, los apeos y otras consideraciones doctrinales, mandando:
«Que todas las personas que estuvieren debiendo cantidades maravedíes, granos y otras especies a dicha iglesia, fundación de ánimas y demás obras pías en este dicho lugar, paguen las cantidades de sus descubrimientos en el término de treinta días siguientes al de la notificación, y pasado no habiéndolo hecho procederá dicho Cura contra los morosos por embargo, rentas de bienes y demás rigor...». Don Narciso de Queralt llegó a Ávila en 1738 y se encontró una ciudad semidesierta, habitada en su mayor parte por clérigos y religiosos, pues toda la nobleza había emigrado a Madrid. Murió en el pueblo de El Oso, cercano a Las Berlanas, el 13 de enero de 1743, donde se detuvo a pasar la noche al encontrarse enfermo, cuando volvía de Cabezas del Pozo y otros pueblos de la Moraña.

El 24 de julio de 1743, don Pedro González anuncia su llegada al lugar de Velayos para ponerse a disposición del cabildo abulense como su nuevo Obispo, trasladado de su antiguo destino en Puebla (México). Después de pasar la noche en Velayos, al día siguiente se dirigió hasta Ávila para tomar posesión de su cargo, pasando por Santo Domingo de las Posadas y Mingorría.

En 1761 el Obispo don Raimundo Velarde y Cienfuegos visitó Las Berlanas, aquí revisó las cuentas de la parroquia y de las ermitas de La Concepción, Angustias y San Juan Bautista. En 1792 quien recorrió las parroquias de la zona fue el Visitador del Obispo fray Julián de Rascuña, comprobando la ruina de la ermita de San Juan, en el barrio de Rivilla de Las Berlanas, a partir de entonces esta ermita quedó cerrada al culto.

El Obispo don Ramón María de Adarraga y Uribe permaneció en Ávila desde 1824 hasta 1841, donde llegó después de haber estado en la cárcel y desterrado por ser extremadamente beligerante a favor de sus ideas conservadoras frente al liberalismo francés, las Cortes de Cádiz y el trienio liberal. De esta mentalidad conservadora comulgaba también el cura de Velayos, a quien se refiere el viajero inglés George Borrow en 1838, implicándole como carlista en la detención de su criado. Por otro lado, cabe destacar que en la comida diaria del Palacio Episcopal nunca faltaba el pan de Mingorría, tal y como se relaciona en el libro de gastos de 1831.

En febrero de 1850 el Obispo don Manuel López Santisteban (1783-1859) recorre los pueblos de la zona de Velayos siguiendo el itinerario de la margen derecha del Adaja. En esta visita predica al pueblo apiñado en el templo, administra la confirmación a numerosas personas y revisa las cuentas y estados de iglesia y cofradías. Llama la atención en el epistolario de este Obispo el relato del contencioso que plantearon en 1851 los trabajadores de la mina de cobre «Santa Águeda», sita en San Esteban de los Patos, ante la negativa del cura de Mingorría, de quien dependía la parroquia, a absolver a los mineros del precepto pascual de asistir a misa los domingos; como testimonia el siguiente texto:

«Excmo. Sr. Subinspector de Minas de la Provincia de Ávila. La Junta de Gobierno de la Mina Santa Águeda en término de San Esteban de los Patos, a V.E. con el respeto debido expone: Que con fecha 24 de p.p. mes recibió del Administrador en ella una comunicación manifestando haber recurrido a él los trabajadores de la Mina solicitando remedio a la alarma y desconsuelo que ha derramado en ellos el Sr. Cura del pueblo negándoles la absolución al precepto pascual con que han tratado de cumplir. La negativa del Sr. Cura, según relación de los mismos, parece la funda en que han trabajado algunos días de fiesta, alegando no estar autorizado para absolver, toda vez que no se recurra para ello al Sr. Obispo. Esta Junta no quiere calificar esta conducta ni sus asertos, pero V.E. como jefe de la Administración del Ramo sabe muy bien lo que la Ley de Minas explícitamente establece en este particular, y, por lo tanto: A V.E. suplica se sirva proveer lo conveniente haciendo respetar la citada ley, y que en lo sucesivo no se inquiete la conciencia de los trabajadores dejándoles en el libre ejercicio de su profesión. Así lo espera de la justificada rectitud de V.E. a quien Dios guarde muchos años. Madrid 13 de mayo de 1851. Julián Martínez».

«Sr. Gobernador de esta Provincia. Sepa V.S. que hay mucho, y por lo que voy a decir verá lo inoportuno e inconducente del contexto de la representación que ha dirigido el gobierno de la Mina por medio del Administrador. Si el cura de San Esteban de los Patos ha absuelto o no para el precepto pascual a los trabajadores en la mina, es un hecho que me está prohibido averiguar, porque está envuelto en el sigilo sacramental de la Penitencia que sabe V.S. es negocio muy arduo y prohibido de revelar ni directa ni indirectamente.

En que los trabajadores hayan cometido un pecado grave o leve por haber trabajado en día festivo en la mina sin que haya precedido mi habilitación, no es pecado reservado, y por eso ningún párroco está inhibido de dar la absolución supuesta la buena disposición del penitente. Luego la alarma de los trabajadores envuelve sospechas vehementes de que si no fueron absueltos será por otros pecados, o si lo fue por el de trabajar en día festivo, estará acompañado de circunstancias que los inhabilitarían para la absolución... Ávila, julio 18 de 1851. Manuel Obispo de Ávila» (Episcopado Abulense en los siglos XVI-XIX, Tomás Sobrino, 1983).

En febrero de 1854 falleció el Obispo Fray Gregorio, a quien le sucedió Juan Alfonso de Alburquerque (1797-1874), y en este mismo año fue ordenado sacerdote Juan Pajares Álvarez, natural de Mingorría y posterior canónigo de la catedral y profesor del seminario. El Obispo don Juan Alfonso de Alburquerque viajó en septiembre de 1857 hasta la parroquia de la Venta de San Vicente, cuya iglesia señorial, toda de piedra granítica labrada en las inmediaciones, agrupaba las aldeas de gallegos, Cortos, Tolbaños, Saornil y Escalonilla.

Desde aquí se trasladó por la cañada real que discurre por frondosos encinares hasta Velayos, con visitas posteriores en Vega de Santa María, Pozanco, Santo Domingo de las Posadas, Zorita y Mingorría. La hermosa iglesia de la Venta de San Vicente recibe de nuevo la visita del Obispo en 1861, esta vez se trata de Fray Fernando Blanco Lorenzo (1812-1881).

En 1884, el alcalde de Monsalupe solicita al Obispo don Ciriaco M.ª Sancha Hervás (1833-1909), un sacerdote para que atendiera la parroquia del lugar, ante la ausencia de cura de almas que inquietaba a la población. Finalmente, otras numerosas visitas pastorales se sucedieron durante el siglo XX, esta vez con menos carácter material, pues los bienes eclesiásticos habían sido todos vendidos en desamortización durante el siglo pasado, aunque la iglesia siguió manteniendo una importante influencia en la sociedad rural.

PRÓXIMA ENTREGA: Pueblos del Adaja en el entorno de Ávila VII. Arquitecturas menores. Palomares, herraderos, lagares y molinos.