17 de octubre de 2026

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De Crónicas

AVILEÑOS. EL TRATO DE LOS ANIMALES DE LABOR EN LOS PUEBLOS DE ÁVILA

AVILEÑOS. EL TRATO DE LOS ANIMALES DE LABOR EN LOS PUEBLOS DE ÁVILA
AVILEÑOS. EL TRATO DE LOS ANIMALES DE LABOR EN LOS PUEBLOS DE ÁVILA
Jesús Mª Sanchidrián Gallego
  • 20 de Septiembre de 2026

Ávila inaugura hoy domingo la 50ª edición del Concurso-Subasta Nacional de Ganado Vacuno Selecto de Raza Avileña-Negra Ibérica. Pues bien, coincidiendo con la celebración de medio siglo de historia de tal Concurso-Subasta, traemos a colación la publicación que hicimos con el título “Ávileños”, dedicada a los animales del campo abulense de los que el hombre se sirvió para extraer sus frutos. Y ello lo hacemos al coincidir que la presentación de dicho libro se produjo, precísamente, en el marco de la XXXI edición del citado Concurso-Subasta, la cual tuvo lugar el 25 de septiembre de 2007.

En esta ocasión, la cita conmemorativa organizada, como todas, por la Real Asociación Española de Criadores de Ganado Vacuno Selecto de Raza Avileña-Negra Ibérica, incluye un interesante programa de concursos, jornadas, actividades especiales y la tradicional subasta de ganado que cerrará los actos previstos que tendrán lugar los días 20 al 23 de septiembre, lo cual nos trae a la memoria aquella renombrada edición en la que el príncipe Felipe aceptó la presidencia de honor de la VII Exposición y venta de ganado vacuno selecto de Raza Avileña-Negra Ibérica y del IV Concurso Morfológico que se celebró en Ávila en septiembre de 1983 con la presencia de su abuelo, el conde de Barcelona don Juan de Borbón (DAV, 26/09/1983).

Por nuestra parte, retomamos la convocatoria de tan singular acontecimiento en el calendario ferial agropecuario para recrear algunos vestigios del mundo «avileño», igual que lo escenificamos hace veinte años, recordando que el gentilicio «avileño», referido antiguamente a los naturales de Ávila, ahora toma nombre propio en el ganado abulense.

Y como quiera que el nombre de «avileño» sólo se identifica actualmente con el ganado vacuno autóctono de raza negra ibérica que se cría principalmente en esta tierra, hemos querido, en esta oportunidad, extender literariamente tal denominación a las vacas, bueyes, caballos, mulas y burros que se utilizaron en la realización de las faenas agrícolas de los campos de Ávila. Estos animales tienen en común la grandeza de trabajar en el medio rural a las órdenes de labriegos y campesinos que todavía mantienen vivas viejas tradiciones, convirtiéndose, en algunos casos, en protagonistas de antiguos usos y costumbres que se recrean en fiestas y romerías.

EL TRATO DE LOS ANIMALES.

La historia y la cultura con la que se identifican nuestra tierra están íntimamente vinculadas a sus formas de vida, siendo la agricultura y la ganadería las actividades que han impregnado las señas de identidad de sus gentes. La realización de las antiguas faenas agrícolas de la misma forma que se hacían hace cientos de años constituye un testimonio vivo que todavía hoy puede contemplarse en algunas zonas de la provincia abulense. Yeguas, caballos, mulas, burros, vacas y bueyes son los animales de los se sirvió históricamente el campesino para explotar los campos y los bosques, y con ellos honró a los santos patrones y compuso actuaciones festivas y de divertimento. De ello son también fiel testimonio los numerosos aperos de labranza que se conservan en las casas, corrales, pajares y paneras de los pueblos abulenses.

La visión mágica que nos proporciona la imagen del hombre del año dos mil trabajando el campo con la ayuda de vacas negras nos hace recordar, como dice Ramón Grande del Brío (Los animales en el medio rural, 1989), que la conquista de la tierra por obra del hombre no se habría producido de no haber contado éste con la inestimable colaboración de los animales domésticos. Hasta la invención de las máquinas, el transporte y el laboreo de los campos se realizaron mediante el concurso del animal domesticado. Entre el hombre y el animal se forma entonces un todo, en orden a extraer de la tierra el mayor rendimiento, donde se utilizan los servicios del ganado en paridad con los de los miembros de la propia familia del labrador.

El trato de los animales modela un determinado tipo de mentalidad, implica la creación de una especial clase de arquitectura y servicios, y da lugar al desarrollo de una serie de actividades artesanas. Así, el labrador llama a las vacas por su nombre («Jardinera», «Morita», «Gacha», «Dorá», «Morucha», etc.), les felicita cuando trabajan bien y les regaña cuando no le obedecen. Las cuadras estaban preparadas para servir de lugar de cobijo y de comedero, los potros de herrar se disponían con grandes piedras junto a la fragua donde se templaba el hierro de las herraduras, y los carreteros y albarderos fabricaban los carros, aperos y aparejos que después eran utilizados en las faenas agrícolas.

Si bien estos oficios ya han desaparecido en la actualidad, todavía se conservan muestras significativas de artesanía surgidas para facilitar el trabajo del campesino con el ganado. Los pequeños agricultores y ganaderos que mantienen hoy día burros, mulas o yuntas de vacas lo hacen por puro romanticismo, sin un especial interés material o económico, y ello porque no han llegado a integrarse en el proceso de mecanización del campo por la pequeñez del terreno que cultivan. Y esto sucede en los pueblos serranos donde apenas hay grandes explotaciones agrícolas, contrariamente a lo que ocurre en La Moraña.

Así, nuestros personajes yunteros con los que coincidimos no se plantearon la disyuntiva de elegir entre mulas, burros o vacas, y finalmente entre éstas y el tractor. El mantenimiento entonces de las yuntas obedece también a una fidelidad primitiva por el ganado vacuno del que los labradores obtenían también leche y terneros, lo cual antes no ocurría dada la dedicación exclusiva al laboreo de la tierra de este ganado.

Al viajero que recorre y reconoce las bellezas de nuestros pueblos, algunos en progresivo abandono por la falta de presencia humana, todavía le asaltan imágenes de aquellas formas de vida ya olvidadas que son parte de una identidad cultural que se resiste al cambio de los tiempos. Prueba de este arraigamiento a la tierra se ofrece en la contemplación de esas vacas negras que tiran de un carro o un arado guiadas por un hombre ajeno al devenir cotidiano de la modernidad. Estos animales se adquirían en las ferias de ganado que proliferaban en numerosos pueblos y, principalmente, en la capital y en las cabeceras de comarca. Como ejemplo de esta manifestación mercantil hemos seleccionado una estampa de ganado avileño tomada en una de las ferias celebradas en Ávila, y es que este ganado, una vez domado, es de los mejores para el laboreo de la tierra.

Se completa la imagen de avileños con otras de la trashumancia una actividad de trasiego ganadero que cada año se produce desde las tierras altas de la serranía de Gredos hasta las cálidas extremeñas.

La utilización de yuntas de vacas en el desarrollo de las tareas agrícolas, que hoy siguen empleando algunos labradores de la provincia de Ávila, constituye una actividad tan identificatoria de lo que fue el medio rural no hace muchos años, que no hemos podido por menos que ofrecer su vivo testimonio gráfico en reconocimiento al trabajo con el que agricultores y ganaderos siempre han contribuido a la formación de la historia de los pueblos. Esta visión casi irreal, y un tanto cinematográfica, actualmente es un hecho habitual en algunas localidades abulenses, al igual que lo era en los años cincuenta en los campos de toda España.

LA CONQUISTA DE LA TIERRA.

Burros, mulas, caballos vacas y toros de labor crearon una peculiar relación con el hombre en la permanente conquista de la tierra. Hombres y mujeres, ancianos y zagales aparecen en perfecta comunión con el medio en simbiosis con la cultura rural.
Los labradores de antaño utilizaban las vacas en las faenas agrícolas porque eran más baratas que las mulas, y en alguna ocasión y en menor medida se empleaban briosos caballos o alegres borricos. En los años cuarenta una mula de seis meses costaba catorce mil pesetas, cuando una vaca de tres años valía tres mil. Las vacas del terreno o «terrenas» solían comprarse en la feria de Ávila con tres o cuatro años y se vendían al cabo de otros cuatro, cuando había descendido notablemente su capacidad de trabajo.

La yunta solía emplearse para arar, trillar y acarrear, tareas estas en las que también se empleaban esporádicamente caballos y burros. Las jornadas de trabajo de una pareja de vacas solían ser de unas siete horas diarias, durante las que se atendía una media de sesenta obradas de tierra cultivada a lo largo del año, las mulas en este tiempo atendían las noventa obradas.

Las vacas eran más fáciles de domar y más fuertes, cómodas y dóciles que las mulas, pero también más torpes, rendían menos y eran más exigentes con la comida. Las vacas comían unas setenta fanegas de algarrobas con paja al año, que el labrador les echaba en varias «posturas»; las mulas consumían, por su parte, noventa fanegas de cebada y paja. También los carros y aperos de labranza eran distintos según la clase de animal empleado en el trabajo agrícola, aunque el carro de mulas podía ser adaptado con una «ayuda» para que pudiera ser tirado por las vacas.

Las últimas yuntas abulenses pudimos verlas en diversos lugares de la provincia. Concretamente en Gallegos de San Vicente, Amavida, Villatoro, La Lastra, Navalosa, Navarredondilla, Hoyorredondo, Villanueva del Campillo y San Martín de la Vega del Alberche.

No podemos decir lo mismo de las parejas de mulas, las cuales prácticamente han desaparecido de los campos, con excepción de las mantenidas para pequeñas faenas en Cebreros, El Tiemblo y El Barraco, también en Casas del Puerto y Sotillo de la Adrada, y de las utilizadas para el acarreo de troncos en los pueblos de Tierra de Pinares y del Valle del Tiétar, y más singularmente en Mijares y El Arenal, por ello vale la pena retomar en el imaginario las imágenes de aquellas formas de vida tan antiguas como nuestra civilización.

El burro siempre ha sido también el animal de trabajo que más aprecian las personas mayores, sus últimas valedoras y protectoras, pues se siguen sirviendo de él para desplazarse al campo, acarrear los productos de la huerta, arar la tierra y hacer pequeños portes en carros adaptados a su tamaño. En la provincia de Ávila, todavía hoy, es abundante la presencia de burros, y con frecuencia se les puede ver a las afueras de los pueblos de Gredos, de los valles Amblés, Alberche, Tiétar y Tormes, e incluso en los pueblos cercanos de la capital.

Por el contrario, el burro casi ha desaparecido de los campos cerealistas morañegos. En Riofrío fue llama la presencia de numerosos burros, tanto que en una jornada vimos hace algún tiempo varias parejas arando los huertos en una misma mañana, igual que en Solosancho disfrutamos cuando otra pareja araba una tierra de garbanzos. En otros lugares, los burros son fieles compañeros del pastor de ovejas como en Pajares de Adaja y en Mingorría, o de los vaqueros como en Salobral y San Martín de la Vega del Alberche, lo mismo que el caballo seguía también al vaquero de Mingorría.

Por último, añadimos que buenos ejemplos de todo cuanto hemos dicho son los que ya tratamos en “Rutas mágicas por los pueblos del Adaja” (2001) y en “Avileños” (2007), así como en estas mismas páginas en los artículos dedicados a la conferencia y exposición que hicimos en el Museo de Ávila (DAV, 23/12/2019), a Luis Pardo, último labrador a la antigua usanza (DAV, 4/06/2020), a Benigno Jiménez, yuntero de Amavida (DAV, 16/02/2021), y a los trabajadores del campo (DAV, 18/01/2026). En este contexto, recuperamos un nuevo capítulo en la serie que nos ocupa, dedicado a las celebraciones festivas protagonizadas por aquellos animales con los que trataba el hombre en las faenas campestres, si bien ilustramos el artículo con estampas de ganado avileño, cuya raza hoy es el motivo de la celebración, y con escenas festivas de otras tantan exhibiciones y de distintas faenas agrícolas que desempeñaban.

CELEBRACIONES FESTIVAS.

Tal ha sido la importancia de los animales en las tareas agrícolas que las fiestas rurales siempre les concedían un merecido protagonismo en sus celebraciones. Como fiel testimonio de estas costumbres, son las manifestaciones que todavía perduran en el calendario festivo de algunos pueblos donde se exhiben las destrezas y esbelteces de caballos, burros, mulas, vacas y bueyes.
El ciclo anual comienza con los festejos en honor de San Antón, el patrón de los animales, y el más original de todos es el que perdura en San Bartolomé de Pinares donde en vísperas tienen lugar las tradicionales luminarias dentro de un apretado programa.

Los caballos, yeguas, mulas y burros después de procesionar por las calles y obtener la bendición del sacerdote saltan a través del humo purificador que desprenden grandes hogueras de ramos de piorno o retama negra cuya humedad provoca humaredas llenas de colorido. Al día siguiente, 17 de enero, festividad de San Antonio Abad, el mayordomo acompañado de dos jurados recorren las calles en caballos engalanados con mantas y flores de colores, les acompaña la música de dulzaina y tamboril, y los vecinos esperan a las puertas de sus casas para besar al santo que corona la vara que porta el mayordomo.

Para el recibimiento de la comitiva se han vuelto a encender las hogueras humeantes y se ha preparado chocolate caliente, como obsequio las gentes piadosas ofrecen un donativo para sufragar la fiesta, habiéndose perdido la antigua costumbre de entregar una pata de cerdo con el ruego de una fructífera matanza. En esta jornada matinal a uno le sorprendió la veneración de las personas mayores, y la generosidad y respuesta de los vecinos por mantener viva la tradición. Al final de la mañana se celebra una misa en la iglesia parroquial en honor del santo y seguidamente tiene lugar la procesión de su imagen al son de la música de dulzaina y tamboril.

Ya por la tarde, como fin de fiesta y sin que falte la música, se celebra una animada carrera de cintas donde participan las distintas caballerías que los hicieron en las luminarias demostrando ahora la destreza de los jinetes al pasar bajo una cuerda que cruza la calle, al tiempo que intentan introducir un pequeño objeto puntiagudo por una anilla o arandela, la cual está unida a un carrete de donde que sale una cinta enrollada de color con premio en su interior. Esta competición nos recuerda también a las desaparecidas carreras de gallos que igualmente tenían lugar en los pueblos durante las fiestas patronales.

La fiesta de San Antón, antaño universal en los pueblos de tradición cristiana, también se celebra en la capital abulense con bendición de los animales y entrega de un bodigo frente a la basílica de San Vicente de Ávila con la habitual presencia de la yuntas de la Real Cabaña de Carreteros de Gredos. La misma costumbre vimos que se repetía con entusiasmo renovado en los pueblos morañegos de Orbita y Gotarrendura, donde se mantienen los actos religiosos de la bendición de los animales, la procesión del santo al son de la música de dulzaina y tamboril, y la exhibición de las destrezas de jinetes y caballos en carreras por las calles o carreras de cintas. La jornada suele finalizar a mediodía con un convite de hermandad para los asistentes.

Piadosidad y religiosidad popular con participación de los animales del laboreo de la tierra y del monte se confluyen en el mes de febrero, los día 5 y 11, en San Esteban del Valle para festejar a San Pedro Bautista, natural del la localidad muerto y martirizado en la ciudad japonesa de Nagasaki en 1597. En el festejo del “vítor” cobran especial protagonismo todas las caballerías del lugar en una singular procesión de jinetes a lomos de yeguas, caballos, mulas y burros, mientras otros feligreses van andando alumbrados con teas y antorchas. Encabeza la “romería nocturna” el estandarte o “vítor” con la imagen del santo, cuya vida es pregonada entre vítores por sus hazañas misioneras. Al llegar a la plaza del Pilón, los congregados reciben la bendición del sacerdote, iniciándose después una espectacular carrera de caballos por una calle estrecha y empinada hasta llegar a la iglesia donde se recitan unas décimas.

Esta peculiar y original procesión data de 1601, año en que se da a conocer en el pueblo el martirio del santo, y la mejor forma de testimoniar su santidad no podía ser otra que la de hacerlo con la inestimable colaboración de los animales que servían entonces a los hombres del campo. La fiesta se repetirá meses después los días 7 y 8 de julio del mes de julio, de la misma manera que también en la cercana Villa de Mombeltrán, donde San Pedro Bautista aprendió las primeras letras, se celebra igualmente una procesión de jinetes con antorchas que dan alabanzas y vítores al santo.

La fiesta carnavalesca de Navalosa, donde los hombres se disfrazan de animales bovinos irreconocibles que asustan al público asistente al que también salpican de paja. Son los “cucurrumachos” que representan la importancia cultural de una tradición ancestral que repite ritos de exaltación ganadera de origen celta y característicos de esta la población que históricamente ha vivido del ganado. Los quintos viejos se disfrazan con pieles, pelambreras de crines y colas de caballo, y cornamentas de afilados cuernos, cubriéndose el resto del cuerpo con mantas rayadas hechas en la misma localidad, encintándose la cintura con una ristra de cencerros que suenan en saltos y carreras. La fiesta finaliza con el denominado “baile de la vaquilla”, animal metafórico al que se le acaba dando muerte.

La presencia de animales en carnavales, burros principalmente, la hemos encontrado en Ávila, Mingorría y Navalmoral, localidad esta última donde también se corren las cintas a caballo coincidiendo con la fiesta de quintos, igual que en Villanueva del Campillo y vimos en Monsalupe.

La intensa actividad forestal de limpieza de los montes y del acarreo de los árboles cortados, que en Ávila se hacía sobre todo en el Valle de Iruelas y en los pueblos de Tierra de Pinares y de la Sierra de Guadarrama está bien representada en las instantáneas tomadas en Casavieja donde trabajan las mulas de Mijares y El Arenal. El trasiego de caballerías y yuntas de bueyes por los montes transportando troncos y otros productos leñosos todavía se recuerda entre los vecinos de El Barraco, El Tiemblo y las poblaciones Gredos y el Valle del Tiétar, lo mismo que en los pueblos de Hoyo de Pinares, Las Navas del Marqués y Peguerinos.

La ingente tarea de explotación de los bosques abulenses es igual a la que llevan a cabo la vecina localidad segoviana de El Espinar, municipio que celebra estos trabajos durante los primeros días de marzo en la Fiesta de los Gabarreros, y allí acudimos dispuestos a testimoniar la recuperación festiva de una ancestral tradición silvícola. La fiesta segoviana de los gabarreros es una buena muestra del comportamiento de los animales en el arrastre de troncos, exhibición en la que participan caballos, bueyes y mulas en cuyo manejo y trato se afanan los antiguos leñadores, agricultores y ganaderos se unen entorno San Isidro, una fiesta entrañable para los hombres y mujeres de nuestros pueblos, pues su celebración festiva recuerda sentimientos profundos de identidad comunes a en nuestra tradición histórica y cultural.

Hoy día, cuando el trabajo de la tierra ocupa a los trabajadores del campo que se resisten a su abandono, hemos querido reunirnos con los últimos boyeros que cuidan y laborean con sus animales como antaño, y los mejores ejemplos los hemos encontrado en San Martín de la Vega del Alberche, en Padiernos y en Villatoro, donde sus dueños mantienen viva una costumbre ancestral. Parece como si existiera un deber de recuperación de los viejos usos de conquistar la tierra, y qué mejor fecha para tan particular reivindicación que el 15 de mayo día de San Isidro Labrador.

En San Martín de la Vega, asistimos a no hace mucho a un animado concurso de arada con yunta de vacas organizado por la Asociación Alto Alberche junto con el Ayuntamiento y la Asociación Agropecuaria del municipio; lo mismo que en Padiernos una hermosa pareja de bueyes de Ángel Arribas y Fernando Jiménez acompañan a San Isidro en la bendición de los campos; igual que vimos en Valdemolinos (Santa María del Berrocal) en la fiesta de San Blas; y también en Villatoro la yunta que conducían nuestros amigos “Luisito” Hernández y Miguel Díaz pasea por las calles su porte majestuoso; mientras en La Horcajada se competía en un concurso de arada con burros.

Ciertamente, la escenografía que representan los bellos animales encintados y sus dueños tirando sujetando el arado o conduciendo el carro, son de tal plasticidad que toda la historia campesina de los pueblos de Ávila se agolpa en estos instantes. Tanto es así, que los lugareños acuden asombrados a este particular espectáculo, y todos aportan sus conocimientos ancestrales a la forma que tratar a los animales, y es que gracias a estos el hombre conquistó la tierra, la cultivo y comió de ella. Y en este antiguo oficio les ha ocupado hasta no hace muchos años, aunque ya parece una eternidad, por ello su recuperación en un día tan señalado bien merece un caluroso reconocimiento.

Una de las mejores exposiciones de caballos y animales engalanados y carruajes tirados por mulas y burros la encontramos en la romería del Cristo de la Luz de Lanzahíta y Hontanares. De su origen legendario del siglo XVI se dice que a orillas del río Tiétar y cerca del pueblo de Hontanares, un pastor encontró la imagen del Cristo de la Luz, y en ese lugar se construyó una ermita, al mismo tiempo que se seguía recibiendo el culto y la devoción religiosa de los habitantes de Lanzahita y la ofrenda anual de sus habitantes.

Desde entonces, en los últimos domingos de mayo o los primeros de junio, el día de Pentecostés se celebra esta reconocida fiesta declarada de interés turístico-regional en el 2001, lo que coincide con la famosa romería del Rocío de Almonte (Huelva), de donde hemos rescatado algunas imágenes de mulas.

La romería se inicia en Lanzahíta con participación de numerosos caballos y carruajes tirados por mulas y burros engalanados para la ocasión que atravesando el río Tiétar llegan hasta Hontanares, a cuya entrada se reagrupan participantes. A continuación, se inicia la entrada en la localidad de Hontanares, donde los caballos y carruajes se lanzan a galope tendido en una espectacular carrera. Seguidamente se oficia una misa a la que sigue la procesión del Cristo por las calles de Hontanares, que ese día celebra sus fiestas patronales. Luego, el ayuntamiento de Lanzahita invita a comer los asistentes a orillas del río. Después de comer los romeros emprenden el regreso a Lanzahíta, donde llegarán sobre las seis realizando nuevamente una espectacular entrada por las calles del pueblo arropada por el aplauso y la admiración del vecindario.

Otra romería donde los bueyes tirando de carretas son protagonistas, es la que se celebra en El Escorial en honor de Nuestra Señora de Gracia el segundo domingo de septiembre desde el siglo XVIII.

La particularidad en este caso radica en que en más de una ocasión la yunta romera procedía del pueblo abulense de Amavida. Los bueyes, vacas, caballos, mulas y burros, aunque su presencia disminuye en cada edición, se mezclan con una infinidad de carrozas motorizadas encabezadas por numerosos grupos de baile arropados por músicos populares. Todo un espectáculo, donde los animales que antaño servían para el trabajo en el campo protagonizan ahora emotivas fiestas piadosas recreando el viejo traqueteo de arrieros y trajinantes.

La fiesta de la trashumancia tiene lugar a finales de junio en lo alto del Puerto del Pico. Allí se concentran las últimas cabañas de ganado avileño que suben de las tierras cálidas extremeñas después de casi dos semanas de duro camino.

Y aunque la ganadería extensiva no es una de las actividades propias del laboreo del campo, tema seleccionado para esta publicación, sí que destacamos su imagen porque de su seno salen las vacas y los bueyes que bien domados sirven al labrador para las faenas agrícolas. Para ilustrar más aún esta actividad ganadera acudimos al municipio asturiano de Tineo, donde asistimos a la fiesta de la trashumancia de los “vaqueiros de alzada”, llamados así porque viven comúnmente de la cría de ganado vacuno; y porque su asiento no es fijo, sino que alzan su morada y residencia, y emigran anualmente con sus familias y ganados a las montañas altas, lo que hacían en carros tirados por bueyes, tal y como hemos retratado.

Desaparecidas de nuestros campos las viejas formas de hacer la recolección, sólo nos queda la posibilidad de recrear las antiguas faenas agrícolas en las Fiestas de la Trilla, como las organizadas hace tiempo en Mingorría y San Martín de la Vega del Alberche, por ejemplo. Todavía hoy, este tipo de manifestaciones festivas se celebran en Barajas y Navarredonda de Gredos, gracias a la Real Cabaña de Carreteros de Gredos que empuja Juan Manuel Yuste, que también se hicieron presentes en La Hija de Dios en la fiesta del Valle Amblés, en los pueblos agrupados en torno al festival de “Mascarávila”, y en Villanueva del Campillo en la fiesta de quintos.

De la misma manera, en Muñogalindo cada año se festeja el “Día de la era” que comanda María García Martín con el Grupo Espigar. Iguales o similares ejemplos de esta entrañable fiesta disfrutamos en su día en Bercial de Zapardiel cuando homenajearon a los segadores gallegos, en Castrillo de Villavega (Palencia), las más espectacular de todas las celebraciones donde ya van por la XXIV edición, en La Higuera (Segovia), en Berja (Almería), además de en otros pueblos del resto de España.

Ciertamente, este tipo de eventos son un acontecimiento que permite contemplar hoy día cómo trabajaban bueyes, vacas, caballos, mulas y burros en el acarreo del grano y la trilla, y más aún si en ello se ocupan todos los vecinos en una fiesta reivindicatoria de su tradición histórica y su identidad cultural. Además, con ello se recuperan viejos aperos y también antiguos oficios, como el de carretero, y buena prueba de ello es la restauración de carros que hizo en su día el carpintero de Blacha para la fiesta de Mingorría.

Finalmente, igual que festejamos la siega y la trilla, también es interesante hacerlo con la vendimia. Así, en Cebreros, El Tiemblo y El Barraco encontramos caballos, mulas y burros ocupados en las faenas de agrícolas, bien camino de la viña, bien arando la misma.

Pero donde admiramos una auténtica fiesta de la vendimia fue en la localidad zamorana de Toro, a orillas del río Duero, y de ahí nos trajimos una de las más bellas estampas de viñadores con carros tirados por burros y mulas como ejemplo de las antiguas fiestas de los campos abulenses.